Se levanta sigilosamente, no quiere que la escuchen sus padres. Tiene la edad suficiente como para irse de su casa y tener que dar explicaciones pero no puede, la independencia la aterroriza, el sólo hecho de no tener las estrictas reglas que le imponen sus congéneres dando vuelta por su cabeza, la atormentan. Desea salir de esa cárcel mental, física, espiritual pero la culpa la carcome.
Ya quisiera ella ser LIBRE...!
¿Pero de qué? Sabe muy bien que sus propias fantasías se contraponen con todo lo que aprendió sobre religión, las costumbres -las buenas-, la moral, la ética. Será por eso que puso el despertador a las 5 de la mañana. Para limpiarse de todo pecado.
Se prepara, con ansiedad, no hay nada que desee más en el mundo que salir de su casa. Realiza el ritual tan excitante como la experiencia que le espera, eso la hace sonrojar y a su vez, caer en la realidad, hace 35 minutos que está en el baño y se lo reclaman. Cierra la ducha, toma la toalla, se mira. Está como ella quiere, sin rasguños de maquinita, pero llena de gotitas, el cabello húmedo está empezando a darle escalofríos. Se envuelve en la toalla. “Ya es hora”, piensa. Sale corriendo para su habitación. La emoción la conmueve. Se siente muy mujer.
Su ropa está lista desde la noche anterior. Esperándola, como ella espera este momento.
Se peina, se viste, delicadamente, cada prenda en el lugar indicado. Hasta la ropa interior hace juego con lo que se puede ver. Se mira al espejo: es toda una mujer, cualquier hombre desearía descubrirla así.
Mira el reloj… Es tarde (como siempre). Termina de arreglarse las medias, su camisa está bien planchada, desabrochada en el lugar correcto, sugerente. Es hora del perfume, el maquillaje pero ¡no! Es tarde…
Es tarde para darse cuenta que las reglas son: sin perfume, sin desodorante, sin maquillaje… sólo de esa forma, por un momento, podrá sentir que es SÓLO DE ELLA.

